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Estigia
Vendrandias  

BARBARIE

   Cuenta el historiador griego Tucíclides que hubo un tiempo en que en Grecia no había ciudades y las gentes vivían dispersas por el campo y las montañas. Probablemente fue por entonces cuando Prometeo, apiadándose de los mortales, les enseñó las artes y las técnicas ya que, quizá, por el hecho de vivir alejados los unos de los otros, ni siquiera compartían los conocimientos que habrían podido ir adquiriendo, por pocos que fueran, puesto que en aquellas épocas remotas no sabían construir casas, ni conocían las leyes que gobiernan el curso de los astros ni el uso de las escritura ni ofrecían tampoco culto a los dioses…

   Para Tucíclides la cuestión parece clara: la adquisición de conocimientos, el aprendizaje de las ciencias, el desarrollo de las artes y de las letras, todo lo que implica el concepto de cultura, que aún muchos defendemos, guarda relación directa con la ciudad, con la metrópoli, que es el espacio idóneo para su cultivo y difusión, el espacio donde los hechos culturales se interrelacionan en el que los ciudadanos, responsables del papel que les toca representar, se dedican a ocupaciones diversas, conscientes de que la actividad de unos y otros repercutirá en los demás y todos cuantos habiten en la ciudad serán sus beneficiarios directos o indirectos.

   Por eso, cuando se atenta contra las ciudades no sólo se atenta contra los centros de poder económico y político, sino también contra la cultura que éstas simbolizan, contra el tejido social que las posibilita, para conseguir, precisamente, que el tejido social se quiebre a base del caos general, del pánico y del desorden, producidos, como ocurrió el 11 de Septiembre del 2001, en el ataque a las torres gemelas de Nueva York, o está ocurriendo ahora, mientras escribo, con Bagdad, asediada por las tropas angloamericanas.

   La guerra y el terrorismo son, sin duda, las peores amenazas contra la cultura; no, en cambio, al parecer, contra la economía bursátil, cuyos mecanismos, extremadamente individualistas, funcionan con parámetros muy distintos de los culturales. Por eso me molestan expresiones como "cultura de la guerra", que a mi se me antoja un disparate, pues no entiendo otra cultura que la de la paz, ya que sólo en paz es posible mantener los mecanismos de interrelación humana sin fisuras.

   Es cierto que las palabras, en especial los sustantivos abstractos, recogen a lo largo de su dilatada vida significaciones espúreas, y eso también le ocurre al término cultura que ha terminado por acarrear ortopedias y protuberancias que le eran, en principio muy ajenas. ¿Que significa, me pregunto por ejemplo "la cultura de las vacas locas" de la que se llegó hablar cuando la TV solía bombardearnos cotidianamente con el peligro de consumir carne de vacuno infectado?, ¿ tendría algo que ver esa pretendida cultura de las "vacas locas" con la de las "vacas flacas" de la Biblia o, quizá con los productos de la vache qui ri? ¿Y qué quiere decir eso de "la cultura de la litrona"? ¿no sería mejor referirse a "la incultura de la litrona" o "la barbarie de la litrona"?

   Quiero dejar de lado la definición que de cultura nos ofrecen los antropólogos, en especial cuando aseguran que cultura es un conjunto de ideas, costumbres, creencias, instituciones, imágenes, etc.... que distinguen una sociedad , tanto si son positivas como negativas.... Porque un concepto tan amplio nos permitiría incluir, además del habito de consumo de litronas por parte de los jóvenes, los malos tratos a las mujeres, cosa que, ni por un momento se me pasa por la cabeza considerar un hecho cultural.

   Cultura, todos lo sabemos, proviene de un collere latino, que significa cultivar la tierra para que produzca fruto. Un trabajo que en la época prehistórica hacían las mujeres. El término cultura comienza, pues, por ser una palabra ligada a la tierra, a un espacio restringido y familiar, dependiente de lo doméstico y en consecuencia, doblemente femenino. De este sentido atributivo, funcional de cultura agraria (no otra cosa significa agricultura) podemos pasar, con Cicerón, a la cultura animi, que para él era una especie de filosofía.

   Queda claro que la etimología de cultura liga la palabra cultivo.

   Cultivamos para extraer un fruto, para pasar de un estado, la siembra, a otro estado, la recolección. También educar, de un ex-ducere, quiere decir extraer alguna cosa, de ahí que cultura y educación tengan tanto en común. Más adelante, los humanistas pusieron el énfasis no en el cultivo, sino en el fruto, lo que significa que a partir del Renacimiento, por cultura se entiende el resultado de un proceso que tiene que ver con el desarrollo de las capacidades de las personas, gracias a la educación y al cultivo, esto es, la práctica y el ejercicio.

   Desde finales del siglo XVIII, la cultura se redefine como un conjunto de contenidos que provienen de las generaciones pasadas, que es necesario preservar para transmitir a las generaciones futuras y que implican también unos contenidos éticos, fruto de un pósito intelectual y espiritual común. Un orden de vida que sólo la paz permite poner en práctica. Fuera de la paz, no hay cultura posible, sino barbarie, sólo barbarie

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