La
felicidad y sus mitos. UNA QUIMERA CONTEPORÁNEA
¿Qué entendemos por
felicidad? ¿Es un mito?¿Es una invención? Varios
libros de reciente publicación intentan desvelar los secretos
de una de las metas y obsesiones de los seres humanos que la modernidad
ha convertido en una exigencia. Un deseo por el que dicen interceder
desde políticos hasta religiones, médicos y libros de
autoayuda.
Este es un mundo feliz. Lo dice Tim, enfermo de sida,
en Unas polaroids explícitas, una pieza teatral de Mark Ravenhill
que el Teatre Lliure presenta en Barcelona. Poco después, Nick
que, en el retablo de supervivientes de las desazones contemporáneas
que crea el autor, juega el papel del viejo revolucionario desconcertado
en un mundo que no entiende y que no le espera, reconoce que ya sólo
ocuparse de la intendencia de su antigua compañera Helen -hoy
concejal de transportes- da significado a su vida. Y, sin embargo, aún
en lo descarnado de su sátira, Ravenhill no puede evitar la tentación
del final feliz. Cada personaje acaba encontrando su sitio -aunque sea
estrecho y construido sobre la negación de sí mismo- en
el mundo.
Vivimos en tiempos en que parece obligatorio ser feliz.
Y, sin embargo, ¿puede la felicidad ser una obligación?
"Felices los felices", decía Borges en sus bienaventuranzas.
Los políticos nos dicen que trabajan por nuestra felicidad, aunque
nadie les haya dado permiso. Y con esta idea se sienten autorizados
a cruzar a menudo la frontera que separa lo público de lo privado.
Por nuestro bien, por supuesto. Y con nuestra resignada aceptación,
porque ¿quién se resiste a ser feliz? Desde los medios
de comunicación se apela a una visión positiva de las
cosas. Los redactores jefes piden buenas noticias, porque la gente quiere
ser feliz. Y las actitudes críticas -que un día parecían
casi condición de estilo del debate público- son rechazadas
como resentimiento de mentes anticuadas que no saben ser positivas.
Con el falso señuelo de la filosofía
-y a veces con la complicidad de algunos filósofos- se ofrecen
manuales de salvación que ponen la felicidad al alcance de cualquier
espíritu con tal de que sea suficiente sumiso y tenga suficiente
capacidad de creencia. Los libros de autoayuda sustituyen -o refuerzan-
a la religión en la tarea de conseguir lo que se llama "el
crecimiento personal". Y franquicias de religiones lejanas nos
traen las promesas de felicidad -y de reconciliación consigo
mismo- que las religiones próximas ya no nos servían.
La farmacia está llena de remedios para la mejora del cuerpo
-y de rebote del espíritu- con la promesa implícita de
alejar a la muerte de nuestras vidas. Del gimnasio a los rigores de
los regímenes alimenticios, toda una industria del cuerpo y del
espíritu consigue grandes dividendos con la promesa de una felicidad
que a menudo se concreta en el aumento de la esperanza de vida como
fantasía de la inmortalidad. Quizá Bruckner tenga razón
cuando afirma "que ésta es la primera sociedad que ha hecho
a la gente infeliz por ser feliz".
Estamos sumergidos en una cultura y en una economía
de la felicidad que nos invita a sustituir el placer por la ganancia
haciéndonos esclavos de una absurda contabilidad del deseo. Cada
día se nos ofrece felicidad entre las mercancías de consumo.
Adquirida una nueva mercancía ya se nos ofrece otra. De modo
que la felicidad acaba siendo un sisífico ejercicio de sufrimiento
permanente para conseguirla. La felicidad como premio al esfuerzo bien
orientado. Nada nuevo, al final de todos los sistemas de valores acaba
apareciendo siempre la sospecha de que la constancia tiene premio. Y,
sin embargo, nada de eso tiene que ver con la felicidad. Porque como
dice Pascal Bruckner, "la felicidad es un arte de lo indirecto",
que como ya sabían los clásicos tiene que ver con la virtud
pero también con la suerte. Aristóteles se preguntaba
"si la felicidad es algo que puede adquirirse por el estudio o
por la costumbre o por algún otro ejercicio, o si sobreviene
por algún destino divino o incluso por la suerte". En el
cristianismo la felicidad es la gracia y la gracia se distribuye al
capricho de Dios.
¿Qué entendemos por felicidad? ¿La
felicidad es un estado de armonía consigo mismo y con el mundo?
¿O es más bien como pretende Comte-Sponville un pensamiento,
una invención, una acción, una creación? ¿Es
la "buena vida" que nos enseña la prudencia clásica?
¿O es simplemente la ilusión del cumplimiento del hombre
que, tanto en la tradición religiosa como en las ideologías
de salvación, ha sido visto siempre como un ser en falta? Las
religiones vendían la felicidad como promesa. Este estado, el
alma lo alcanzaba en el más allá. No había modo
de establecer su prueba empírica. Pero la modernidad no podía
permitirse esta dilación: su victoria sobre los dioses exigía
prometer la felicidad en la tierra. En el siglo XX, los caminos laicos
hacia el final feliz han costado demasiados muertos y han tenido resultados
demasiado catastróficos como para que no cundiera el desánimo
y la decepción.
Precisamente es la decepción la categoría
que sirve a Albert Hirchsmann para explicar los ciclos de la felicidad:
la alternancia entre los momentos en que la felicidad aparece como una
conquista colectiva -¿no era ésta la mística de
la revolución?- y los momentos de repliegue sobre los valores
de la felicidad privada. En esta fase del ciclo estamos, aunque la elevación
de la felicidad a deber -y la atención que a ella dedica el aparato
político-mediático- le da una dimensión colectiva.
La felicidad como gadget ideológico de la denominada era del
prozac. El problema es que no hay felicidad en el desasosiego por poseerla.
Sólo hay angustia.
La otra exigencia de la modernidad es que la felicidad
debe ser razonada. Y la razón tiende a desconcertarse ante la
hipótesis de la felicidad. Ya desde un principio, Voltaire señala
los límites de la razón ingenua en el Candido. ¿Qué
puede ser la felicidad en el mejor de los mundos posibles? Si el más
allá no es el destino, cuál es la meta en el más
acá. El territorio de la razón feliz ha sido el del hedonismo,
de ahí que la redención social y la redención sexual
llegaran a ir de la mano, por ejemplo en Wilhelm Reich. Pero Freud nos
advirtió sobre la oscuridad del sexo. Y aunque las doctrinas
modernas de la felicidad se han asentado sobre la sexualidad y la salud,
lo han hecho en una versión clínica del hedonismo que
nada tiene que ver con el placer como sensación, porque lo reduce
a una técnica. En un mundo en que todo debe ser evaluable cuantitativamente,
la sexualidad se hace performance, la salud responde a un higienismo
actualizado que, como dice Bruckner, divide todo lo que tocamos en cosas
sanas y cosas perjudiciales. Modos de objetivar la felicidad. Una sociedad
de hipocondriacos, ¿puede ser feliz? No es extraño que
vuelvan a colarse las religiones -aunque sean bajo las formas degradadas
si cabe de lo sectario, lo naturista y lo guru- ante tan asépticas
promesas. Al fin y al cabo, la pregunta es ésta, ¿qué
puede ser la felicidad en la sociedad de la competitividad?
Borges describe en un poema la desazón del hombre
moderno: "He cometido el peor de los pecados / Que un hombre puede
cometer. No he sido / Feliz. Que los glaciares del olvido / Me arrastren
y me pierdan, despiadados". Ciertamente, como dice Bertrand Russell,
todo el mundo "prefiere ser feliz que desdichado". Pero probablemente
el error está, como señala el propio Russell, en querer
buscar la felicidad en una sola dirección y en querer hacer de
ella el horizonte y norte único. "Me gusta demasiado la
vida para querer solamente ser feliz", dice Bruckner. Quizá
el truco de la felicidad lo encontremos en Clement Rosset: "Obtener
de la realidad más de lo que podíamos razonablemente esperar".
Pero esto no es un estado, es cierta habilidad para optimizar el paso
por la tierra, sin esperar de ella más de lo que corresponde
a un hombre cuya mayor riqueza es ser hombre y aspirar a seguir siéndolo.
La exigencia de ser felices ha empedrado el mundo de desgraciados. Frente
a la obligación de ser feliz habrá que reivindicar la
libertad de ser feliz. Y hacerse encontradizo con la felicidad.